Cada 26 de noviembre, y ya van seis, es el Día mundial del Olivo, declarado por la UNESCO en su 40ª Conferencia General (2019). En países como el nuestro, ligado especialmente al olivo y su fruto, es fácil entender la importancia histórica y social del olivar. Porque más allá de valores simbólicos asociados al olivo (como la paz y la longevidad), este preciado árbol desempeña un papel crucial en la sostenibilidad ambiental y el desarrollo económico de nuestra sociedad. El olivo contribuye a mitigar el cambio climático, ya que absorben más CO₂ del que emiten durante la producción de aceite de oliva, manteniendo un balance de carbono positivo. Además, el olivo -y toda el engranaje productivo en torno a él- representa una importante fuente de empleo y desarrollo, especialmente donde más se necesita: el medio rural.
Tal y como explican desde el Consejo Oleícola Internacional, el cultivo del olivo se introdujo en España durante la dominación de los fenicios (1050 a.C.), pero no alcanzó un desarrolló hasta la llegada del imperio romano a la península (45 a.C.). Después, con el dominio musulmán se introdujeron nuevas variedades (principalmente al sur de España). Influyeron tanto en la difusión de su cultivo que vocablos castellanos como aceituna, aceite y olivo silvestre (acebuche) tienen raíces árabes.
La importancia histórica del olivo
El olivar posee una importancia histórica fundamental, especialmente en la cuenca del Mediterráneo, donde ha sido un pilar de la civilización durante miles de años. Su valor trasciende lo agrícola y, de hecho, abarca desde la economía hasta la cultura.
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Larga historia. Pocos árboles representan tanto bagaje histórico como el olivo, ya que su cultivo se remonta a hace aproximadamente 7,000 años en Asia Menor, extendiéndose por todo el Mediterráneo gracias a pueblos como los fenicios y, posteriormente, los romanos. Durante todo ese tiempo, su simbolismo y papel en la sociedad ha ido evolucionando, lógicamente.
Para los antiguos griegos, el olivo era sagrado, un regalo de la diosa Atenea que simbolizaba prosperidad y sabiduría. Los romanos se centraron en su papel en la alimentación: perfeccionaron su cultivo y distribuyeron el aceite de oliva a lo largo de su vasto imperio, incluso importando grandes cantidades desde la Península Ibérica.
De ahí paso a ser un motor económico indudable y el comercio del aceite de oliva llegó a asegurar la riqueza y la estabilidad de diversas regiones y civilizaciones. Ya antaño el aceite se usaba no solo para alimento, sino también para iluminación, higiene y cosmética, usos que han llegado hasta nuestros días. En la actualidad, el aprovechamiento del olivo es total, en línea con la economía circular. Y ha llegado a impactar positivamente en sectores como el turismo, con el despegue definitivo del oleoturismo.
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Herencia cultural reflejada en el paisaje. Es difícil imaginar territorios como el Sur de España y otras muchas regiones mediterráneas sin ese mar de olivos característico. El olivar ha dado forma al paisaje mediterráneo, creando un patrimonio cultural imprescindible y afianzando una auténtica identidad regional en torno a él. En países como España, el olivar está profundamente arraigado en la cultura e identidad nacional, siendo un emblema distintivo de la tradición y el paisaje, especialmente en Andalucía.
Por todo ello, la cultura del olivo ha desempeñado un papel crucial a lo largo de la historia, dejando una huella profunda en las tradiciones, la gastronomía y la economía de las regiones donde ha prosperado.
La importancia social del olivo
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Un medio de vida. La olivicultura proporciona empleo y sustento a millones de familias en el medio rural, garantizando la seguridad alimentaria y cohesionando a las comunidades en torno a una actividad que, sin duda, contribuye a frenar la despoblación rural. Por eso precisamente constituye un patrimonio inmaterial de nuestros pueblos, que han sabido trasladar de generación en generación el conocimiento tradicional asociado al cultivo, la recolección y la producción del aceite de oliva virgen extra.
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Un sector adaptado a la realidad social. La agricultura en torno del olivo, como ya hemos comentado, ha evolucionado con el tiempo, adoptando técnicas modernas para mejorar la eficiencia y la calidad del aceite. Por eso hoy es un subsector de la agroindustria relevante y pujante, porque ha sabido adaptarse a los nuevos tiempos, trabajar con nuevas variedades, perfeccionar procesos productivos y favorecer la investigación y el conocimiento en torno a su producto más conocido: el aceite de oliva, hoy protagonista de estudios científicos a nivel mundial gracias a sus ya indudables cualidades y beneficios para la salud.
En los últimos años multitud de investigaciones científicas acreditan que el aceite de oliva, extraído de los frutos del olivo, no sólo es apreciado por su sabor distintivo sino también por sus beneficios saludables. Rico en ácidos grasos monoinsaturados y antioxidantes, el aceite de oliva se ha asociado, entre otros, con la reducción del riesgo de enfermedades cardiovasculares. Todo ello ha provocado que el consumo mundial de aceite de oliva crezca de manera constante a lo largo de los años, convirtiéndose en un producto indispensable para una alimentación saludable.
Y esa es otra cuestión, el olivo y su fruto -la aceituna- han ido ganándose con el tiempo un puesto importante en sociedades en las que su cultivo no ha sido tradicional. A su sabor y cualidades organolépticas, cada vez más valoradas entre expertos en nutrición y gastronomía, se ha unido su calificación de auténtico súper alimento. Y ya es una realidad planetaria que el olivo y la aceituna son muy necesarios para la población mundial.
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Pilar de la dieta mediterránea. El aceite de oliva ha sido un alimento básico a lo largo de cinco milenios, fundamental para la salud y la alimentación de los pueblos mediterráneos, definiendo su identidad culinaria. De hecho hablar de aceite de oliva es hacerla de la dieta mediterránea, otro patrimonio inmaterial de la humanidad y reconocida mundialmente por sus beneficios para la salud, lo que refuerza aún más su importancia social y su valor en la vida cotidiana.
El olivo, como sabemos, es mucho más que un cultivo agrícola. Es un eje vertebrador de la historia y la sociedad mediterránea que ha influido profundamente en nuestras vidas durante milenios.


